Episodios de la resistencia ngäbe-buglé

Por Olmedo Beluche*

Foto: Claude Lefèvre. En la comunidad emberá Parará Purú
(Chagres, Panamá)

Los ngäbe-buglé vienen luchando desde la Conquista contra los colonizadores ávidos de sus riquezas minerales. El padre Las Casas narra que Cristóbal Colón en su cuarto viaje llegó a la vertiente caribeña de las actuales provincias de Veraguas y Bocas del Toro, donde habitaban y siguen habitando estos pueblos. Colón decidió establecer la primera colonia en Tierra Firme, Santa María de Belén, a orillas de la desembocadura del río Belén o Yebrá. Ante la violencia del despojo que intentaron los conquistadores, incluso secuestrándolo, el mítico cacique Quibián se fugó y organizó una liga de tribus contra los españoles, destruyendo Belén e hiriendo al hermano mismo del almirante, Bartolomé Colón, en 1503.

En 1520 y 1527, Gaspar de Espinosa y Pedrarias Dávila fueron derrotados por el cacique Urracá en sus intentos de posesionarse de las minas de oro de Veraguas. Urracá llegó a sitiar la ciudad colonial de Natá, en lo que se llamó “La Batalla de las Razas”. La mayoría de las descripciones del genocidio de los españoles contra los indígenas de América que relata Las Casas se refieren a hechos ocurridos en el Istmo de Panamá. Aunque de esas crónicas salieron las Leyes de Indias que intentaban frenar el genocidio, los encomenderos hicieron poco caso de ellas. A fines del siglo XIX, siendo Panamá parte de Colombia, los abusos y despojos de los terratenientes y la iglesia continuaban para arrebatarles sus tierras y establecer fincas ganaderas. Esto motivó que otro gran líder indígena, el general Victoriano Lorenzo, aprovechara la Guerra de los Mil Días (1899-1902), narrada tantas veces por García Márquez, para transformar las demandas liberales por democracia en una guerra campesino-indígena contra los terratenientes blancos de Penonomé y Natá. La insurrección fue total, logrando Victoriano el control de todo el país, salvo la ciudad de Panamá, a la que los marines protegieron militarmente. Victoriano fue traicionado por liberales y conservadores asesorados por Estados Unidos tras el Pacto del Acorazado Wisconsin, y fusilado poco antes de la imposición de los Tratados de 1903, cuya consecuencia fue la separación de Colombia y la creación de la Zona del Canal.

Los ngäbe, vulgarmente llamados “guamíes”, han sido por más de cien años la fuerza de trabajo barata en las bananeras, la zafra y la cosecha del café. También en la limítrofe Costa Rica a donde emigran para trabajar. Ellos reciben los peores salarios. Según cifras oficiales son el grupo más pobre del país, entre quienes la pobreza extrema llega al 80 por ciento. Mayormente habitan la cordillera del centro occidente de Panamá, a donde fueron desplazados desde los llanos por la industria agrícola y ganadera. Ahora resulta que viven en cerros cargados de ricos yacimientos de cobre y oro codiciados por las transnacionales.

En enero y febrero de 2012, por tercera vez en dos años, el pueblo ngäbe-buglé puso en jaque al gobierno empresarial de Ricardo Martinelli. La primera fue en julio de 2010, cuando se pretendió imponer un conjunto de leyes que, entre otras cosas, pretendía debilitar los sindicatos obreros, facilitaba proyectos sin adecuados estudios de impacto ambiental y otorgaba impunidad a policías acusados de violar los derechos humanos. El Sindicato de Trabajadores de Chiriquí Land Co. (de la transnacional United Brands, Chiquita) y los de las bananeras independientes convocaron a una huelga en la región de Changuinola, provincia de Bocas del Toro. La movilización fue duramente reprimida, a costa de diez muertos y centenares de heridos, pero no derrotada. Por el contrario, desembocó en la primera huelga general nacional de una década. La ley tuvo que ser parcialmente derogada.

La dureza de aquella represión, en la que la policía disparaba perdigones a la cara de los obreros bananeros, en su mayoría ngäbe-buglé, traslució la actitud racista de Martinelli y su ministro de seguridad pública José Raúl Mulino. Llegaron declarar que el movimiento estaba compuesto por “indios borrachos”.

El segundo momento de lucha fue en enero y febrero de 2011, cuando el gobierno intentó imponer un nuevo Código Minero que facilitaba la exploración y explotación minera con participación de empresas coreanas y canadienses, algo que prohíbe la Constitución Política. Decenas de miles de indígenas convocados por la Coordinadora de Lucha bajaron a la carretera Interamericana y la cortaron por varios días. Martinelli se vio obligado derogar el Código y firmar un acuerdo por el cual se comprometía a suspender toda explotación minera e hidroeléctrica en la comarca, en particular el yacimiento cuprífero de Cerro Colorado en una región habitada por miles de familias.

En febrero de 2012, nuevamente convocados por la Coordinadora de Lucha, miles salieron de las comunidades comarcales para cortar la Interamericana ante la pretensión del gobierno de revivir el Código Minero sin incluir el artículo 5, en el que se pactaba la prohibición de minas e hidroeléctricas en la comarca. Durante seis días se mantuvo cortada la carretera en varios puntos del occidente del país, quedando varados centenares de camiones de carga y pasajeros, desabastecida la capital de productos agrícolas, y la provincia de Chiriquí de combustible. Tanto el gobierno panameño como el de Laura Chinchilla en Costa Rica insinuaron que los indígenas habían “secuestrado a turistas”, cuando sólo habían quedado varados en la carretera.

Para preparar la represión, que finalmente se desató el 5 de febrero al amanecer, el gobierno cortó dos días antes las comunicaciones, cercó el área y pese a que había familias con niños prohibió llevar agua y alimentos a quienes protestaban, se negó a un diálogo mediado por la iglesia católica y lanzó una campaña mediática para culpar al movimiento de grandes pérdidas económicas. El gobierno no logró su propósito, pues pronto se desataron marchas y protestas de solidaridad en las ciudades de Panamá y Colón; en Changuinola los sindicatos amenazaron con otra huelga. Los kuna y emberá cortaron la Interamericana al oriente, en dirección al Darién. La ciudadanía salía a los balcones goleando pailas o tocaba sus bocinas en apoyo a la lucha y en repudio de las acciones represivas del gobierno.

*Olmedo Beluche, sociólogo y catedrático panameño, es dirigente del Partido Alianza Popular. Este texto es parte de uno mayor, publicado en febrero en el portal Otramérica

 

Fuente: Ojarasca, La Jornada