Control del agua y extractivismo-minero

La acumulación y contaminación del agua son manifestaciones de los imaginarios de conquista y desecho, donde se acepta y se legitima los desastres como sacrificio reiteradamente en nuestras geografías

Por Cristian Abad Restrepo, geólogo

Las geografías del extractivismo-minero se caracterizan por tres aspectos: la extracción de minerales (oro, plata, cobre entre otros), la modificación del paisaje natural y humano y el control sobre los ecosistemas, en específico el agua. Pero detrás de todo el control e intervención están los imaginarios coloniales de la naturaleza que han creado espacios de abundancia y de mucha riqueza. Quiero decir, que donde existe minería de metales hay mucha agua en las cantidades más que necesarias para la extracción.

Dice Perreault (2014) que ‘la geografía de la minería –es decir, dónde existe y cómo funciona la minería– es posible a causa de la producción de un ‘paisaje hídrico’ que abastece las minas con agua… La geografía del agua –cómo y dónde existe en la naturaleza y cómo es gestionado el recurso a través de las infraestructuras físicas y sociales– afecta en gran parte (y hace posible) la geografía de la minería’.

Ahora bien, las relaciones entre estas dos geografías producen dos fenómenos que a continuación subrayo: escasez hídrica en contextos de abundancia mineral: la acumulación de agua y la imposibilidad del consumo vital en contexto de abundancia hídrica: la contaminación del agua. Miremos con más detalle estos aspectos.

 

Escasez hídrica en contextos de abundancia mineral: la acumulación del agua

Para extraer los minerales que están en las rocas es necesario un proceso de pulverización de grandes extensiones de tierra, cuya escala implica tanto el tajo abierto como el impacto sobre el uso del agua. La acumulación del agua tiene que ver con la escala de acción del extractivismo-minero sobre el sistema de vida, al incorporar el agua de muchas comunidades en sus sistemas de extracción, desconociendo las condiciones de escasez de las aguas superficiales. Es decir, los mínimos de agua para las comunidades localizadas en zonas áridas se constituyen como los elementos básicos de subsistencia, que son amenazados por la succión de los cuerpos de agua de manera elevada por parte de las industrias extractivas y más si son aguas de excelente calidad (Isch, 2011).

Acumular agua y en cantidades crecientes es una expresión del control territorial que ejercen las industrias extractivas, cuyo resultado se expresa en un desequilibrio de los ecosistemas (geografías del agua) y en la distribución desigual ecológica, económica (Martínez, 2005) y cultural (Escobar, 2014) sobre el agua. Este desequilibrio y desigualdad es consecuencia de considerar el agua como capital constante al margen de la importancia socio-cultural y de la diversidad epistémica que se tienen sobre ella.

En América Latina y el Caribe existen muchos ejemplos de acaparamiento de las aguas. En México, por ejemplo, el 38% de los proyectos mineros están ubicados en zonas de acuíferos con disponibilidad precaria (estados de Sonora, Zacatecas y Michoacán), afectando el acceso al agua de los pobladores y la manutención de sus economías de subsistencia. En Chile el 50% de extracción de cobre está localizada en la región de Antofagasta, que es una de las regiones con menor disponibilidad del agua. En Colombia, la mina El Cerrejón usa 17 millones de litros de agua diariamente, en una región donde los habitantes tienen acceso a 0.7 litro por día.

 

La imposibilidad del consumo vital en contexto de abundancia hídrica: la contaminación del agua

El uso intensivo del agua para el desarrollo de la actividad extractiva-minera es proporcional al daño y a la contaminación de los ecosistemas.

La contaminación de las fuentes de agua (superficiales y subterráneas) ha producido geografías de la devastación por el alto impacto de los activos tóxicos (Machado, 2017) en los territorios, privando a las comunidades de su uso cotidiano dado los efectos nocivos para la salud humana y para la naturaleza, aun conviviendo con cuerpos de agua en extrema abundancia. Dice (Isch, 2010) que ‘contaminar significa quitarle agua a poblaciones y sectores sociales importantes… De esta manera, un sector acumula agua útil y sana, mientras otro debe contentarse con menor cantidad y sobre todo con agua insana’.

Un ejemplo ilustrativo es el rompimiento de una represa de lodo tóxico que liberó 62 millones de m² de lama de hierro en el estado de Minas Gerais en el 2015 en Brasil. El recorrido de la avalancha fue aproximadamente de 650 kilómetros. Además de los 19 muertos, la contaminación de las aguas afectó a pescadores, ribereños, agricultores, pueblos indígenas, varias ciudades interrumpieron el abastecimiento de agua entre otras afectaciones. La imposibilidad de reproducir la vida en esta zona es consecuencia de la cristalización de llevar la naturaleza americana a su límite, hacia la destrucción, porque una vez que se usa el agua en el proceso extractivo, ésta es contaminada en cantidades crecientes.

El extractivismo-minero es una de las actividades económicas responsables de la injusticia hídrica, de la distribución desigual en el acceso al agua y de una deuda ecológica que crece cada vez más en el continente. Estos tres aspectos son movilizados por lógicas de la colonialidad de la naturaleza. Es decir, la acumulación del agua y la contaminación de la misma son aspectos altamente tolerados por la colonialidad que rige el desarrollo extractivo-minero.

 

La no superación de la injusticia ambiental y socio-espacial del agua

Sabemos y le sobran las críticas al extractivismo-minero dado el acaparamiento de las aguas y de la contaminación producida por los desastres. Sabemos del riesgo y de la insostenibilidad de la colonialidad de la naturaleza (Alimonda, 2015), ¿qué es lo que nos impide superar e ir más allá del desarrollo minero? Sin duda, es la subjetividad extractiva como forma de vida que ha bloqueado la posibilidad de ir más allá del desarrollo basado en minería moderna, a tal punto que los monumentales desastres que ha experimentado América Latina y el Caribe quedan en una simple anécdota superada. La compañía Samarco, por ejemplo, posterior al desastre de relave que acabó con la resiliencia de aquel ecosistema y pese a la destrucción del territorio con su gente en Minas Gerais, Brasil, planea iniciar operaciones en el mismo lugar. La única crítica fue cómo mejorar la gestión y mantener el riesgo en niveles aceptables. Es decir, mientras la colonialidad minera continúe, la deuda ecológica será más profunda, de allí la imposibilidad del consumo vital de agua por la población en condiciones de abundancia hídrica. Esa es la gran paradoja que la modernidad ha dejado como colonialidad en los espacios de vida. Quiero decir, la acumulación y contaminación del agua son manifestaciones de los imaginarios de conquista y desecho, donde se acepta y se legitima los desastres como sacrificio reiteradamente en nuestras geografías. En ese sentido, las geografías de la devastación y de la explotación son los paisajes amados y deseados, puesto que son resultados de una mayor renta. La modernidad produce escasez para los pueblos colonizados. Sólo la resistencia contra-extractiva desde abajo, con la tierra y de la izquierda (Escobar, 2015) podrá acabar con estas geografías de saqueo y con la escasez hídricas en nuestros pueblos. Las luchas por el agua, el alimento y la vida, son los marcos de la democracia ecológica (Shiva, 2004) que marcaran el futuro regional en el continente.

Fuente: La Estrella de Panamá