El no a la mina, narrativa descolonizadora

Hemos subjetivado la modernidad-capitalista, es decir, una forma de ser y estar en el mundo que ha privilegiado una manera de ver a las montañas, los ríos y los bosques solo como objetos de codicia, como oro. Sobre esta base, están siendo orientadas todas nuestras energías y sentires, la manera en cómo pensamos. Esto ha afectado nuestra subjetividad, o sea, hemos incorporado una experiencia que no es nuestra, que es una experiencia de otros implantada en nuestros cuerpos, en nuestros hábitos, en las formas en como vemos nuestros paisajes y nos vemos nosotros mismos para el beneficio de quien la implantó. De allí, la potencia de las narrativas basadas en el individuo que habitan nuestro lenguaje, en nuestro imaginario y que hoy son traducidas cuando escuchamos los discursos basados en el desarrollo, en el progreso y, dentro de estos, el extractivismo-minero.

Llevamos varios siglos bajo los mismos discursos que han prometido bienestar. Pese a tener conciencia de que nunca han sido cumplidos, seguimos habitando esa promesa, la llevamos en nuestro espíritu. Es común escuchar que somos ricos en naturaleza, pero somos pobres porque no hemos convertido la riqueza en bienestar.

Subjetivamos los mitos de la abundancia minera, de la diversidad extrema, de que somos potencia biodiversa, pero nunca tematizamos de dónde viene esa forma de pensar, de observar, como si todo pudiera convertirse en dinero, como si fuera posible cambiar las capas geológicas por monedas, como si todo fuera exótico y ajeno a nuestros cuerpos. Sobre esta base es imposible sentir, ni mucho menos cuidarnos ni mucho menos amarnos.

A la larga, todo esto tiene que ver con la sed de tener y de acumular que nos fue heredada por siglos, sed de tierra, sed de la abundancia, sed de codicia, en definitiva, una profunda sed por la escasez producida y engendrada que es evidente en nuestras prácticas.

Vemos la naturaleza en su abundancia por nuestra escasez, por nuestra individualidad, por una sensibilidad colonizada. Traducir los minerales que nos ha dado la naturaleza en su espacio-tiempo por economías de enclave, es decir, por una economía que privilegia la masculinización de los territorios, la devastación ampliada y la fragmentación de los cuerpos de sus territorios, es la prueba de que el pensamiento está enfermo. No puede ser que extraer los minerales se resuman solo a la acumulación de capital. El solo hecho de extraer minerales en bruto, embrutece a nuestros pueblos como diría nuestro filosofo latinoamericano Juan José Bautista.

Entonces el extractivismo-minero no se resume solo a extraer y exportar minerales, sino la implantación de una civilización de muerte que requiere ampliar los sacrificios no solamente humanos, sino de la naturaleza.

Embrutecer a nuestros pueblos es la tarea de la modernidad-capitalista, mediante la destrucción de una racionalidad que siempre nos ha habitado y que la ignoramos que se llama comunidad, porque sabemos y la historia nos ha enseñado, que cuidar las montañas y sus ríos es una práctica del amor revolucionario que solo es posible, entiéndase bien, solo posible, a través de lo comunal no como organización, sino como racionalidad. Somos comunales porque habitamos un espacio compartido que requiere de su cuidado para la reproducción de la vida, de los alimentos, en definitiva, de la naturaleza.

No es posible tener mesura con/en la tierra sin un pensamiento propio o autonómico que tematiza el territorio como espacios de reproducción. Integrarnos en la montaña, reunirnos juntos al río y comer nuestras cosechas harán posible el bienestar, pero desde nuestra geografía. Escribir el No a la mina en la montaña es el acto más humanizado contra la modernidad-minera, a través de esto nos volvemos comunidad.

Fuente: Periódico del Suroeste