«Nosotras nos dimos cuenta de que la minería iba a contaminar nuestra forma de vida»

La semana pasada, Vidalina Morales, participó del festival de cine y deuda ecológica organizado por Ekologistak Martxan. La salvadoreña, lideresa comunitaria de la resistencia a la minería en el departamento de Cabañas, relató cómo su lucha y la de sus compañeras acabó con una práctica empresarial muy contaminante. Compartimos la entrevista realizada a la activista en torno a su visita al Estado Español.

 

–¿Cómo fueron los inicios de la lucha contra la minería?

–En 2004, las comunidades ya combatían contra la implementación de proyectos dañinos para el medio ambiente como un vertedero de basura a cielo abierto o un incineradora de desechos hospitalarios que iban a ir situados a la orilla de nuestro río principal.

–¿Entonces llegaron las minas?

–Eso es. Nos dimos cuenta de que iba a contaminar nuestro entorno y forma de vida.

Las mujeres fueron las primeras en alzar la voz.

–Nos apropiamos de la lucha porque, a medida que trascurría el tiempo, nos íbamos dando cuenta que los impactos de la minería metálica nos afectaban directamente a nosotras.

–¿De qué manera?

–Somos un país en el que muchos hogares no disponen de agua potable y la mina iba a gastar cantidades inmensas en su producción. La falta de agua nos repercutía porque íbamos a tener que disponer de más tiempo para poder conseguirla. En las reuniones quienes participábamos activamente siempre éramos las chicas.

–Su lucha valió la pena. En marzo de 2017, El Salvador aprobó una ley que prohibe la minería metálica.

–Fue un día histórico.

–¿Cómo lo recuerda?

–Estuve desde los inicios de la lucha y tuve sentimientos encontrados. Me sentía feliz, pero a la vez triste. En el proceso de lucha hubo violencia, amenazas e incluso asesinatos. De hecho, una mujer que conocía muy de cerca fue asesinada estando embarazada de 8 meses.

Su lucha es inspiradora.

–Creo que sí, aunque debo confesar que cuando la iniciamos nos gobernaba un partido de izquierdas que se posicionó en contra de la minería. Tuvimos suerte, porque cuando hay gobiernos ‘bondadosos con las empresas’ lo único que les interesa es quedar bien con ellas.

–¿Un desafío contagioso?

–Sí. En Guatemala han logrado impedir el desarrollo de proyectos mineros en sus comunidades, pero también ha sido un proceso que les ha llevado a la militarización, a la violencia, a la criminalización. Ha habido muertes también.

Un largo camino

–Pese al logro con la minería, usted no ha pasado de combatir.

–Hoy por hoy luchamos por una ley que permita el derecho al agua como un bien público en calidad y cantidad. En la última década se ha fortalecido la batalla ambiental en El Salvador pero aún queda un largo camino.

–¿Cuáles son los principales problemas que afrontan?

–Nadamos a contracorriente contra las empresas privadas que ejercen presión sobre el gobierno para que se apruebe una ley de privatización del agua.

–Su vida no ha sido tranquila precisamente.

–En los años 80 sufrimos una guerra civil y la comunidad en la que yo vivo fue expulsada de su entorno y tuvo que trasladarse a Honduras. Las condiciones de vida por aquel entonces eran muy precarias. No había acceso al trabajo y había mucha deficiencia en los servicios públicos. Hubo muchas protestas en la calle y el gobierno reaccionó criminalizando y matando muchas personas.

–¿Cuándo regresaron?

– Tras siete años en el exilio, la comunidad pudo volver a Santa Marta y empezamos desde cero, pero eso sí, con organizaciones e instrumentos que habían creado durante ese periodo de tiempo. Ahora Santa Marta es una comunidad que ha sido reconocida por su labor a nivel nacional por su lucha y por toda su historia.

Fuente: El Correo