Quiché: Chinique se pronuncia

Guatemala.

-Sólo un poblador, de casi cinco mil, dijo “Sí” a la explotación minera.
-En Guatemala se han celebrado unas 60 consultas a las comunidades, pero la opinión de la gente no es atendida.

Bárbara Trentavizi. Siglo21

Llego temprano el martes 13 de marzo a Chinique, un municipio de 12 mil habitantes, en el departamento de Quiché, un día antes de la Consulta de Buena Fe, que decidirá si los pobladores autorizan el funcionamiento de la empresa minera Representaciones Químicas, que pretende  explotar oro, plata, zinc y bronce.

Treinta y tres comunidades del municipio dirán sí o no, a la operación de la minera, en este municipio del departamento de Quiché, ubicado a 182 kilómetros de la capital, unas cuatro horas en carro.

Voy como observadora internacional por la cátedra de Antropología Social de la Universidad de Roma.

Estoy en Chinique, un pueblito delicioso, todavía lleno de bosques y montañas.

Me recibe una amiga, nos vamos a su casa; están sus hijos, su mamá. Están arreglando ramas de pino, que esparcirán en el piso de las escuelas donde se realizará la consulta, como siempre lo hacen cuando celebran actividades importantes.

La mamá me abraza y me pide el permiso para hacer una pequeña ceremonia. Nos hincamos en su pequeño patio, escucho su voz, en este idioma antiguo, casi un canto arrullador. Pienso que me gustaría que nunca se callara. Es una abuela maya y está rezando para que no destruyan su tierra. Me bendice y me voy.

Me inscribo y mi sorpresa es grande al ver a varios observadores internacionales y nacionales, gente de varios lugares. Nos presentamos. Nos explican que tendríamos cada uno a cargo una comunidad y que nos acompañarán.

El ambiente es bueno. Hay mucha gente joven de Europa, ecologistas, líderes de otras etnias, periodistas, académicos como yo.

La gente habla en todas partes de la consulta, de que deben defender su tierra, sus bosques, sus cerros, su agua, que no quieren que les destruyan su naturaleza.

Al día siguiente, a las cinco de la mañana, me voy en el autobús a la comunidad que me tocó. Silencio. El sol recién levantado, animalitos de granja corriendo. Las casas están separadas una de otra por cercos de madera. No hay alambres, no hay cerraduras. Unos niños se aparecen corriendo y gritando, pasan de casa en casa, unas mujeres están barriendo.

Llegan los maestros, los encargados de la consulta. Arreglamos las mesas de votación, con las respectivas documentaciones. Una maestra cuenta que es una escuela pobre, que no se tienen libros ni material didáctico y que la mayoría de niños llega sin desayunar.

Empieza a llegar la gente; uno después de otro se acercan; las mujeres con sus niños en la espalda, y los ancianos. Los campesinos regresando de su milpa; las ancianas, tejiendo sombreros de petate.

La gente se inscribe de manera ordenada según su documento, los jóvenes hasta los 17 años no se inscriben ni los niños, pero si tienen derecho a expresar su opinión, y lo harán.

El alcalde comunitario se me acerca y con confianza me cuenta: “Nos dicen que somos terroristas, que somos bochincheros, atrasados, indios patas rajadas, de todo, lo que somos es excluidos, pobres, pero sabemos que tenemos razón. ¿Usted mira algún terrorista aquí hoy? ¿Mira violencia? No queremos que nos quiten nuestra vida y nos pronunciamos, somos mayas y tenemos que dar nuestra palabra; el dinero, la plata y el oro no nos restituyen nuestra Madre Naturaleza. Por esto mira usted tanta gente hoy, está toda la comunidad”.

Me permiten sacar fotos, los niños se emocionan, la gente se mete en filas, todos ordenados, nadie habla.

Está toda la comunidad, en el aire, un sentimiento de espera; pero de alegría también, bromas, de gente que lo comparte todo y se conoce como conoce el paisaje.

El maestro hace la pregunta a la Asamblea, máxima autoridad comunitaria: ¿Alguien está de acuerdo con la explotación de empresas extranjera en su territorio y al uso de sus recursos naturales: mineras a cielo abierto, grandes hidroeléctricas, monocultivos?

La gente toda, una única voz, levanta la mano y grita un “No”, firme, decidido, fuerte. Se quedan un rato con las manos levantadas mientras contamos. Se hace la pregunta de si alguien está de acuerdo con la explotación minera y nadie levanta la mano.

La consulta ha terminado. Se oye un gran aplauso. Todos se abrazan y sonríen. Hablan entre sí y dicen que esperan que el presidente Otto Pérez escuche su voz  y la decisión que acaban de tomar.

Me vienen a traer. Llego al centro de cómputo, donde los líderes de cada comunidad van dejando los resultados de la consulta. Hay marimba.

Es de noche, votaron casi cinco mil personas y sólo hubo un voto a favor de la explotación minera. Hubo un único “Sí” a la minería y el resto un “No” contundente.

Pienso que los mayas en este lugar del mundo están ejerciendo una de las formas de democracia directa más ancestrales; una palabra que se ha dado ya en 60 consultas comunitarias.

Chinique tiene su día de historia, la Consulta Comunitaria, “Ya vio, seño? Aquí estamos, todas las comunidades participaron, el centro urbano también, somos gente pacífica, alegre y trabajadora, nos tienen que escuchar”, me dice uno de los vecinos.

    Eran haciendas ganaderas ocupadas por españoles

Durante los dos primeros siglos del dominio español, el territorio de Chinique pertenecía a Santa Cruz del Quiché, hasta que a principios del siglo XVIII, las áreas de Chinique que no eran explotadas por el indígena de Santa Cruz, comenzaron a ser ocupadas por españoles y convertidas en haciendas ganaderas.

Así nació la hacienda de Chinique, que en 1752 pertenecía a Juan Barreneche.En 1770, como una de las haciendas que existían en el territorio de la parroquia de Santa Cruz del Quiché, con 47 habitantes.