Minería en Cayalá. La defensa de los territorios en Guatemala es vital para el futuro

Ana María Cofiño. elperiodico.com.gt

Imaginen que llegara un grupo de empresarios todopoderosos armados hasta los dientes y les ofreciera comprar su casa por una jugosa suma en efectivo. Además, que iniciara ofensivas promoviendo las bondades del proyecto, con lo cual se multiplicaría la presencia de hombres extraños, maquinarias y construcciones. Luego, sus vecinos empezarían a ceder a las presiones, migrarían y el avance de ese “progreso” devastaría los bosques en los que se encontraba paz y solaz.

Qué haría si su vecino instalara una fábrica que produce emanaciones tóxicas, además de una bulla insoportable durante las 24 horas de la jornada; si sus reclamos fueran desoídos y se le amenazara cuando pide de buena manera que la respeten. Seguramente ardería en patrio ardimiento y armaría un pataleo. La cosa se pondría peor si el agua dejara de llegar y trajera un olor sospechoso. Y si a los niños les empezaran a brotar enfermedades de la piel, los niveles de disgusto llegarían más lejos.

Más o menos así se ha de sentir la gente de los territorios que están en la mira de empresas extractivas cuando se asoman los primeros exploradores abriendo agujeros para sacar minerales y cuando el conflicto social se instala en comunidades donde antes las relaciones eran más directas. Los testimonios escuchados dan cuenta de los efectos negativos palpables que padecen, pese a que la resistencia está activa.

La explotación de minerales hoy es una operación que requiere generosas cantidades de agua, incomparables con las microdosis que utiliza una familia campesina. Solo eso es razón suficiente para que el malestar se expanda. Por ello es que miles de personas se han negado a aceptar su presencia en los lugares que habitan. Y lo han hecho y dicho de manera pacífica en las consultas, con la contundencia que da el unísono comunitario.

La marcha campesina que vino a la capital desde distintos puntos cardinales es un gesto multitudinario de rechazo a las políticas de mal desarrollo que hoy se imponen en países donde se puede hacer cualquier barbaridad porque las leyes están hechas para beneficiar a los poderosos.

Para quienes viven en barrios exclusivos o encerrados en áreas de viviendas rodeadas de inmensas bardas controladas por hombres armados, estas problemáticas son ajenas e insignificantes y por tanto, inexistentes. Son los otros diferentes, los que viven en la montaña o en las aldeas, quienes se ven expuestos. Y desde la estrecha óptica del poder, así ha sido siempre y no deberían quejarse porque eso les pasa por ignorancia.

La defensa de los territorios en Guatemala es vital para el futuro. Los riesgos construidos por el sistema son un peligro que nadie puede obviar. Sin respeto por el prójimo y por la naturaleza vamos directo a la destrucción. Es importante que en la ciudad ya existan grupos conscientes de lo que implica nuestra forma de vida consumista y dispendiosa.