El lugar en donde los vecinos tienen miedo de comer carne o frutas envenenadas

La contaminación de la minería se desparrama por la sangre de la tierra de Jáchal, una localidad ubicada a 250 kilómetros al norte de la ciudad de San Juan. Son los ríos los que a través de sus venas van transportando las sustancias hasta envenenarlo todo: los campos, los cultivos, los animales y las personas.

“Siempre nos quieren convencer diciéndonos que naturalmente el río Jáchal siempre tuvo boro y arsénico. Pero ahora también tiene aluminio, manganeso, cromo. Entonces ya dejó de ser natural y se produjo una alternación, que de acuerdo al código alimentario argentino y los parámetros internacionales, no está dentro de los estándares para que beban las personas”, dice Caliva.

Y agrega un escenario todavía peor: “inclusive en el último análisis, salió que tampoco es apto para el ganado. Acá nosotros somos un pueblo río abajo y estamos consumiendo indirectamente esa agua. Porque toda la zona rural se alimenta del río Jáchal. Y nosotros consumimos alimentos y animales de la zona”.

Los últimos estudios realizados en el agua de la zona el mes pasado por la Universidad Nacional de Cuyo y la Facultad de Ingeniería, muestran que en Mogna los niveles de arsénico, boro, sulfatos, cloruros y sodio, son perjudiciales para la salud humana. “También se volvió a detectar mercurio en Mogna, por debajo de lo permitido por el código alimentario. En conjunto con los demás elementos lo único que hace es incrementar el riesgo de las personas que consumen esa agua”, cuenta Saúl Zeballos, uno de los fundadores de la Asamblea.

En el Río La Palca, que proviene del Río Las Taguas que atraviesa la mina Veladero, se detectaron 0,002 miligramos de mercurio por litro de agua, siendo superior al valor detectado el 15 de septiembre de 2015. “Eso es sumamente grave porque de nuevo no dijeron nada, no nos avisaron a la población de Jáchal. En ese mismo lugar se volvió a detectar Escherichia coli que es una bacteria que únicamente aparece en la materia fecal de los seres humanos (lo que da la pauta que por el volumen de agua que viene en el Río La Palca han vuelto a la práctica de tirar los residuos cloacales del campamento de la mina Veladero en el río Las Taguas”, agrega Zeballos.

El problema central de este reclamo es que los principales proyectos mineros como Veladero están instalados en el departamento vecino de Iglesias, y la contaminación les llega por el río. En Jáchal, la mina más importante es la de Gualcamayo.

Los que más van a sufrir la contaminación de los minerales pesados son los chicos más chicos porque nosotros mal que mal ya estamos más curtidos. Lo más peligroso es el cóctel que estamos teniendo: aluminio, mercurio, arsénico, manganesio. Este río traía arsénico pero no la cantidad que tiene hoy. Ahora está por encima de lo que puede tolerar el consumo humano”, refuerza Esquivel.

Esquivel trabaja hace 35 años en la municipalidad y también integra la asamblea. Cuenta que su lucha arrancó en 2005, cuando el gobernador Gioja prometió que la explotación de Veladero iba a ser la salvación del municipio. “Y muchos científicos empezaron a decir que iba a haber problemas. Pasó el tiempo y nosotros decíamos “menos mal que nos equivocamos” porque la gente estaba trabajando. En el 2015 nos sorprendimos con el derrame y ahí nos dimos cuenta de que no nos habíamos equivocado“, dice Esquivel.

De ese derrame se enteraron porque un jachallero que trabajaba en Veladero mandó un WA. “En diciembre y en enero han habido derrames pero ni la empresa ni el gobierno han salido a contar algo de eso. Nosotros nos dimos cuenta por los análisis”, agrega Esquivel.

Se refiere a los análisis que todos los meses realiza la Universidad Nacional de Cuyo. Por la presión que ejerció la asamblea, se sacó una ordenanza municipal para ejercer un control periódico. “Pero no sirve de nada controlar si no podemos hacer nada. Nosotros les estamos pidiendo que hagan los análisis cada quince días para poder estar más al tanto de los derrames”, reclama Esquivel. Y agrega: “Nosotros tomamos el agua del acueducto que está más al norte. Por desgracia estos cerros están con mucha cantidad de oro y de uranio. Y supuestamente ya se están haciendo estudios para traer nuevas explotaciones mineras. Esa es la lucha que estamos teniendo hoy”.

Según la asamblea, ya existieron al menos tres derrames en Veladero, pero los esconden. “Por ley si hay más de tres, tiene que cerrar la mina. Entonces lo que hicieron fue unificar el segundo y tercer derrame”, explica Esquivel.

Los tres logros más importantes de la Asamblea desde que se constituyó son que pudieron conseguir que se procesen a ex funcionarios, que se hagan los análisis y visibilizar la problemática.

La asamblea llevó la denuncia al nivel federal y se convirtió en querellante. El juez Casanello decidió procesar a cuatro ex funcionarios por el incumplimientos de la Ley Nacional de Glaciares al considerar que cometieron el delito de “abuso de autoridad”. Son Omar Judis, Sergio Lorusso y Juan José Mussi, y ejercieron los cargos entre 2010 y 2015.

“Nosotros no tenemos ayuda de nadie y luchamos contra grandes enemigos. Si nosotros estuviéramos mintiendo ya nos hubieran demandado”, dice Esquivel, al referirse a las mineras y los poderes políticos. “Ahora queremos que se le hagan estudios a las personas porque tenemos un departamento con altos índices de cáncer y se asientan las muertes como edema pulmonar o paro cardíaco y no por lo que realmente les pasa. También queremos que se analicen nuestros productos. Que no lo hagan nos hace sospechar que tenemos razón”, se queja Esquivel.

Por lo bajo, los vecinos se quejan de que la minería no cumplió con las promesas esperadas. “Los que pueden hablar son las personas que tienen un trabajo seguro en la municipalidad, los que son de planta permanente, porque a todos los demás sino les sacan los planes”, dice Esquivel.

Lo que se puede ver en Jáchal es una ciudad en decadencia. Sus instituciones más antiguas y tradicionales como la iglesia y la biblioteca, están cerrando. El tren que llevaba la producción de cebolla, tomate y membrillo dejó de pasar en la presidencia de Menem y los jóvenes empezaron a migrar para poder tener un futuro mejor.

La comunidad reclama que la minería no generó tanto trabajo (Esquivel estima que Veladero sólo emplea a 50 personas de Jáchal y que todos los demás son de la ciudad de San Juan), no trajo una mejora en la calidad de vida y perjudica el medio ambiente.

“Acá no se ve el gran avance que nos prometieron en un principio. No queremos más minería a cielo abierto. Se han levantado las retenciones mineras, tienen subsidiado el combustible y la electricidad. La minería explota los cerros, los rompen, lo vuelven a polvo. En esas voladuras también vuelan los glaciares y nos quedamos sin agua”, dice Palacio.

Esquivel refuerza esta postura: “Acá nunca se vivió de las mineras. Siempre hubo producción agrícola y agropecuaria”.

En Jáchal no tienen gas y se las arreglan con la garrafa o con estufas eléctricas. Otros, se calefaccionan con fuego. Los que pueden, colocan filtros o pequeñas plantas de osmosis en sus casas para filtrar el agua, que hay que cambiar cada 6 meses. “El filtro sale $6000 y es un gasto que uno no lo tiene contemplado pero hay que hacerlo para mayor seguridad”, dice Esquivel.

Pero no todos tienen esta posibilidad, y eso obliga a muchas personas a tener que tomar el agua que viene del río. “Nosotros siempre tomamos el agua de bidón mineral. Mi hijo me dice “decile por favor a las mamás de mis amigos que no tomen el agua de la canilla” pero lamentablemente ellos no tienen esa opción”, se queja Caliva.

En su casa, Haydeé Palacio tiene filtros para lavar las frutas y las verduras, y compra agua de bidón para tomar y cocinar. “Pero no todos esa posibilidad. Yo tenía alumnos que directamente tomaban agua del cauce del río”, dice.

El reclamo es claro y contundente: que cesen todas las actividades de minería contaminante y que se realicen los análisis en los animales, los productos y las personas. “Vamos a llegar hasta el final. Si nos vencen, va a ser porque cambian la Ley de Glaciares o porque nos muestran los estudios y nos demuestran que no tenemos razón. La única dignidad que queremos es que de acá a 30 años podamos andar tranquilamente en la calle y las generaciones futuras no nos digan que los vendimos”, concluye Esquivel.

Fuente: La Nación

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