Introducción: Yasuní, territorio de vida y de disputa
El Yasuní no es solo un parque nacional ni una reserva de biodiversidad; es un territorio vivo donde convergen pueblos indígenas, bosques milenarios, ciclos del agua y saberes ancestrales. Hablar de Yasuní en clave feminista implica mirar más allá de las estadísticas ambientales y de las reservas de petróleo, para situar en el centro la vida, los cuerpos y las relaciones comunitarias que se sostienen en este espacio.
Un enfoque feminista cuestiona la lógica extractivista que prioriza la ganancia económica a corto plazo sobre la continuidad de la vida. Esta mirada denuncia la alianza entre patriarcado, colonialismo y capitalismo, que transforma territorios y cuerpos en zonas de sacrificio. Frente a ello, se levanta la propuesta política y ética de dejar el crudo bajo tierra y colocar la vida en el centro.
De la lógica extractivista a la ética del cuidado
El modelo extractivista parte de una idea central: la naturaleza es un depósito inagotable de recursos al servicio del mercado global. En este esquema, los bosques se convierten en madera, los ríos en hidroeléctricas y el subsuelo en barriles de petróleo. Esta visión instrumental de la naturaleza se emparenta con la visión patriarcal que reduce los cuerpos de las mujeres a recursos de trabajo, de cuidado y de reproducción.
Desde el feminismo, la propuesta que emerge es radicalmente distinta: una ética del cuidado que reconozca la interdependencia entre seres humanos y naturaleza. Cuidar del Yasuní no significa “preservar un paisaje”, sino garantizar las condiciones materiales para que las comunidades indígenas, las mujeres, las niñas y las futuras generaciones puedan existir con dignidad y autonomía. Dejar el crudo bajo tierra es, en este sentido, un acto de cuidado colectivo.
Territorio, cuerpos y violencias: la dimensión feminista del conflicto
La entrada de la industria petrolera en territorios como el Yasuní no solo impacta en la biodiversidad. Su llegada suele ir acompañada de militarización, aumento de la violencia, división comunitaria y sobrecarga de trabajo para las mujeres. La extracción de recursos intensifica la desigualdad y agrava las violencias de género en zonas donde el tejido comunitario se ve fragmentado.
Las mujeres indígenas han denunciado cómo los campamentos petroleros traen consigo explotación laboral, trata, prostitución forzada y consumo de alcohol, que incrementan el riesgo de agresiones sexuales. Además, cuando los ríos se contaminan y los suelos se degradan, son ellas quienes soportan horas extras de trabajo para conseguir agua, alimentos y medicinas, sosteniendo la sobrevivencia de sus familias en condiciones cada vez más precarias.
Economía del cuidado versus economía del petróleo
Mientras la economía del petróleo se contabiliza en PIB, exportaciones y balanza comercial, la economía del cuidado permanece invisibilizada. Son los trabajos de cuidado —cocinar, limpiar, curar, acompañar, criar— los que hacen posible la vida cotidiana, pero rara vez se reconocen como trabajo productivo. Sin embargo, cuando el extractivismo avanza, es precisamente esta economía del cuidado la que se ve desbordada.
En el Yasuní y en muchos otros territorios amazónicos, las mujeres sostienen las prácticas agrícolas tradicionales, el intercambio de semillas, la transmisión de saberes medicinales y las redes de ayuda mutua. Estas tareas, ignoradas por las estadísticas oficiales, son clave para la soberanía alimentaria y para la resiliencia de las comunidades ante el cambio climático. Desde una perspectiva feminista, renunciar al petróleo del Yasuní es una apuesta por fortalecer la economía del cuidado y reconocer su papel central en cualquier proyecto de sociedad justa.
Yasuní como símbolo de justicia climática y justicia de género
El Yasuní se ha convertido en un símbolo global de justicia climática porque encarna una pregunta crucial: ¿quién debe asumir el costo de la transición ecológica? Los países del Sur global, históricamente saqueados, siguen siendo presionados a extraer recursos para pagar deudas y sostener economías dependientes. Al mismo tiempo, son los que más sufren las consecuencias del calentamiento global, a pesar de haber contribuido menos a causarlo.
La justicia climática, vista desde el feminismo, está inseparablemente ligada a la justicia de género. Las mujeres, especialmente las indígenas, campesinas y afrodescendientes, son quienes se encuentran en primera línea frente a los impactos del cambio climático: sequías, inundaciones, pérdida de cosechas, enfermedades. Defender el Yasuní significa también reconocer el liderazgo de estas mujeres en la defensa de la vida y su derecho a decidir sobre sus territorios.
Saberes ancestrales y resistencias feministas en la Amazonía
Las comunidades que habitan el Yasuní poseen saberes ancestrales sobre el bosque, los ciclos del agua, las plantas medicinales y las dinámicas de los ecosistemas. Estos conocimientos sostienen una cosmovisión en la que la naturaleza no es una cosa, sino un conjunto de seres con agencia y dignidad. En muchas de estas comunidades, son las mujeres quienes resguardan semillas, rituales, cantos y prácticas de sanación que conectan la salud del cuerpo con la salud del territorio.
Las resistencias feministas en la Amazonía se expresan a través de marchas, asambleas, procesos legales, escuelas comunitarias y acciones simbólicas que reivindican el derecho a vivir en territorios libres de contaminación. Las voces de las mujeres amazónicas cuestionan la idea de progreso asociada al petróleo y proponen otros horizontes: economías comunitarias, agroecología, turismo responsable, educación intercultural y formas de vida que prioricen la reciprocidad y el respeto.
Dejar el crudo bajo tierra: una propuesta política y ética
La iniciativa de dejar el crudo bajo tierra en Yasuní no surgió solo como una medida técnica de conservación, sino como una propuesta profundamente política. Implica imaginar una economía no basada en la extracción desmedida, asumir la responsabilidad histórica del Norte global y cuestionar el endeudamiento como mecanismo de presión sobre los países ricos en biodiversidad.
En clave feminista, esta propuesta se traduce en la prioridad absoluta de los derechos de la naturaleza, de los pueblos indígenas en aislamiento voluntario y de las mujeres que sostienen la vida en los territorios. Defender el Yasuní significa rechazar el sacrificio de unas vidas en nombre del bienestar de otras. Significa, también, abrir el debate sobre quién decide qué se explota, para qué y a costa de quién.
Hospitalidad, viajes y territorios vivos: otra manera de habitar el mundo
Pensar el Yasuní en clave feminista también invita a replantear nuestra forma de viajar y de relacionarnos con los territorios. Frente a un turismo depredador que consume paisajes como mercancías, se abre paso una visión de hospitalidad responsable, que reconoce la soberanía de las comunidades locales y la fragilidad de los ecosistemas. En este marco, los proyectos de alojamiento y hoteles que surgen alrededor de áreas de alta biodiversidad pueden convertirse en aliados de la vida si adoptan prácticas respetuosas: integración con economías comunitarias, uso responsable del agua y la energía, respeto a los ciclos del bosque, promoción de experiencias educativas y culturales que valoren los saberes locales y garanticen la participación de las mujeres en la toma de decisiones. De esta manera, la estancia de quienes visitan la región deja de basarse en el consumo rápido del territorio y se transforma en un encuentro de cuidado, aprendizaje y corresponsabilidad con la defensa del Yasuní.
Conclusiones: poner la vida en el centro
El Yasuní, leído desde el feminismo, nos muestra que la crisis ecológica es también una crisis de modelo civilizatorio. No se trata solo de cambiar tecnologías, sino de transformar las relaciones de poder que han permitido la explotación simultánea de la naturaleza y de los cuerpos de las mujeres y pueblos oprimidos.
Poner la vida en el centro implica reconocer el valor de los cuidados, escuchar las voces de las mujeres indígenas, respetar la autodeterminación de los pueblos y asumir la responsabilidad global de dejar el crudo bajo tierra. El futuro del Yasuní es, en gran medida, el espejo del futuro que elegimos para el planeta: un horizonte de sacrificio permanente o un compromiso radical con la defensa de la vida en todas sus formas.