Declaratoria de los pueblos ante el estado de excepción decretado por el gobierno de Guatemala

Contexto histórico y político del estado de excepción en Guatemala

El estado de excepción decretado por el gobierno de Guatemala en la región norte del país reactivó memorias profundas de conflicto, represión y militarización. Para muchos pueblos indígenas y comunidades campesinas, estas medidas extraordinarias no son nuevas: se perciben como la continuidad de un modelo histórico que prioriza los intereses económicos y políticos de grupos de poder por encima de los derechos colectivos, la tierra y el territorio.

En este escenario, la declaratoria de los pueblos ante el estado de excepción surge como respuesta política y ética, una voz colectiva que denuncia la criminalización de la protesta social, la imposición de megaproyectos y la falta de consulta previa, libre e informada. Se trata de un pronunciamiento que cuestiona el uso desproporcionado de la fuerza pública y la presencia militar para acallar demandas legítimas de justicia social y ambiental.

Los pueblos como sujetos históricos y no como objetos de control

La declaratoria enfatiza que los pueblos indígenas, campesinos y comunidades locales no son sujetos pasivos frente a las decisiones del Estado, sino actores históricos con derechos reconocidos en la Constitución, los acuerdos de paz y tratados internacionales. Frente al estado de excepción, las comunidades reafirman su condición de sujetos políticos con capacidad de organización, deliberación y propuesta.

En lugar de aceptar la narrativa que los presenta como focos de conflicto, los pueblos se reconocen a sí mismos como guardianes del territorio, de los bienes naturales y de la memoria histórica. La declaratoria denuncia que la estigmatización de líderes comunitarios y defensores del territorio busca legitimar la intervención militar y el desalojo de comunidades, abriendo paso a proyectos extractivos y energéticos sin participación ciudadana real.

Criminalización de la protesta y defensa del territorio

Uno de los ejes centrales de la declaratoria es la denuncia de la criminalización de la protesta social. Se señalan prácticas como las capturas arbitrarias, los estados de sitio, la militarización de las comunidades y la apertura de procesos judiciales en contra de líderes comunitarios, autoridades ancestrales y defensores de derechos humanos.

La defensa del territorio es presentada no solo como una lucha económica o ambiental, sino como una defensa integral de la vida. El territorio se entiende como espacio de identidad, cultura, espiritualidad, organización social y reproducción de la vida comunitaria. En este sentido, la imposición de proyectos mineros, hidroeléctricos o de monocultivo sin consulta previa constituye una ruptura profunda con la forma de vida de las comunidades.

Estado de excepción y continuidad de la militarización

El uso del estado de excepción es interpretado por los pueblos como una herramienta para reactivar la militarización de territorios históricamente golpeados por la violencia estatal. La presencia del Ejército y las fuerzas de seguridad en contextos de conflictividad social revive los temores de la guerra interna y las violaciones masivas a los derechos humanos.

La declaratoria señala que, bajo el argumento del restablecimiento del orden público, se restringen libertades fundamentales como el derecho a la libre organización, la manifestación pacífica y la participación política. Además, se cuestiona que estas medidas no aborden las causas estructurales de los conflictos, como la concentración de la tierra, la pobreza, la exclusión histórica de los pueblos indígenas y la ausencia de diálogo genuino.

Derechos colectivos y consulta previa

Los pueblos articulan su respuesta al estado de excepción desde el lenguaje de los derechos humanos y colectivos. La declaratoria reivindica instrumentos nacionales e internacionales que reconocen el derecho a la tierra, al territorio y a la autodeterminación de los pueblos indígenas, así como el derecho a la consulta previa, libre e informada sobre proyectos que afecten sus formas de vida.

Frente a ello, se denuncia la constante violación de estos derechos mediante la concesión de licencias sin procesos de consulta legítimos y la utilización de fuerzas de seguridad para garantizar la ejecución de proyectos cuestionados por las comunidades. La ausencia de consentimiento informado es vista como una forma de despojo y una negación directa de la ciudadanía plena de los pueblos.

Unidad, organización y resistencia pacífica

La declaratoria también es un llamado a la unidad entre pueblos indígenas, comunidades campesinas, organizaciones sociales y sectores urbanos conscientes. Se destaca la importancia de fortalecer las estructuras comunitarias, las autoridades ancestrales y los espacios de asamblea como mecanismos legítimos de decisión y gobernanza local.

La resistencia se plantea de forma pacífica, pero firme. Se reivindica el derecho a la movilización, a las consultas comunitarias, a la denuncia pública y a la construcción de propuestas alternativas de desarrollo basadas en el respeto a la naturaleza, la equidad social y la participación real de las comunidades. Esta resistencia no se limita a la reacción coyuntural ante un estado de excepción, sino que se articula como un proyecto de largo plazo para transformar las relaciones de poder y el modelo económico excluyente.

Memoria histórica y no repetición

En el trasfondo de la declaratoria se encuentra una memoria colectiva marcada por el conflicto armado interno, el genocidio y las masacres en territorios indígenas. El estado de excepción se percibe como un eco de esa historia de violencia, lo que genera un fuerte rechazo a cualquier forma de militarización que no vaya acompañada de procesos de verdad, justicia y garantías de no repetición.

Los pueblos insisten en que la paz no puede construirse con bayonetas ni con decretos que limiten derechos fundamentales. La verdadera seguridad, plantean, se fundamenta en la justicia social, el acceso equitativo a la tierra, el respeto a la diversidad cultural y la participación política efectiva. Sin estos elementos, cualquier medida de seguridad será percibida como control y dominación, más que como protección de la población.

Hacia un modelo de país inclusivo y respetuoso de los pueblos

Más allá de la denuncia puntual al estado de excepción, la declaratoria de los pueblos propone una visión de país distinta. Esta visión se basa en el reconocimiento pleno de la plurinacionalidad, la interculturalidad y la autonomía de los pueblos para decidir sobre su destino. Se cuestiona el modelo de desarrollo centrado en la extracción intensiva de recursos naturales y la concentración de la riqueza, planteando en su lugar un enfoque que ponga la vida en el centro.

En este horizonte, las comunidades proponen fortalecer economías locales, sistemas de producción sustentables, educación pertinente culturalmente y mecanismos de participación política que incluyan de forma real a las mayorías históricamente excluidas. La declaratoria es, así, una invitación a repensar el Estado, sus instituciones y su relación con los pueblos, no desde la imposición, sino desde el diálogo y el reconocimiento mutuo.

Conclusión: La dignidad de los pueblos frente al estado de excepción

La declaratoria de los pueblos ante el estado de excepción decretado por el gobierno de Guatemala es un documento de resistencia, memoria y esperanza. Expresa la dignidad de comunidades que se niegan a ser silenciadas y que reclaman su derecho a vivir en paz, con justicia y sin miedo. Frente a la lógica de la represión y el despojo, los pueblos afirman su derecho a la palabra, al territorio y a decidir su propio futuro.

En última instancia, esta declaratoria interpela a toda la sociedad guatemalteca y a la comunidad internacional para que no normalicen la militarización, la criminalización y el uso del miedo como herramientas de gobernabilidad. La búsqueda de un país justo, plural y verdaderamente democrático pasa por escuchar y respetar la voz de los pueblos, especialmente cuando se alzan contra medidas de excepción que amenazan sus derechos fundamentales.

En medio de este contexto de conflictividad social y estados de excepción, el tema del territorio también se vincula con la forma en que se desarrolla la oferta turística y hotelera en las regiones afectadas. Muchos hoteles y alojamientos ubicados en comunidades indígenas o rurales han comenzado a replantear su papel, impulsando modelos de turismo responsable que respetan la cultura local, la memoria histórica y las decisiones comunitarias sobre el uso de la tierra. Estos espacios pueden convertirse en puntos de encuentro para el diálogo intercultural, donde visitantes nacionales e internacionales conocen de primera mano las realidades de los pueblos, su resistencia pacífica y sus propuestas de desarrollo propio, contribuyendo así a una economía local más justa y alineada con la dignidad y los derechos colectivos.